A ver si allá arriba festejan

Cultura 11/10/2020 Por Primera Info
Un cuento de José Manuel Fernández.
POTRERO

Todo estaba quieto esa tarde de noviembre en el pueblo. El sol castigaba el suburbio, reposando sobre los techos de chapas y calentando las tímidas calles de tierra. La casa estaba oscura y en silencio. Sólo se escuchaba el tic-tac acompasado del reloj de pared mezclado con el ruido sordo que Juampi hacía con sus botines, al ir y venir por la habitación. Al fin su madre habló –te podés callar! Que es la hora de la siesta!- su garganta se estranguló del miedo y no pudo decir nada. Ya se iba igual.

En una hora empezaba el partido y tenía que empezar a salir para la canchita, que quedaba a un par de cuadras de su casa, justo ahí, sobre las vías del ferrocarril. Estaba nervioso. Pensaba en la promesa que había hecho y la ansiedad de poder fallar le comía el alma. Se dejó caer en la cama, vencido por la angustia y las ganas de llorar. Miró fijo hacia un punto, respiró hondo, se sobrepuso y se levantó para salir. Saludó a lo que podía ver de su madre desde donde estaba. No obtuvo por respuesta más que un concierto de ronquidos. Pasó por al lado de la silla de ruedas y no pudo evitar sentir ese nudo en la garganta. La acarició como para despedirse, abrió la puerta y salió.

Caminó lento, como esas personas que usan la caminata para olvidar, acompañado por el ruido hueco que hacían los tapones de los botines en la tierra. De vez en cuando pateaba alguna piedra de la calle, retumbando en la desértica tarde de calor. De pronto recordó la sensación de ardor en la piel. Las rodillas cansadas. Día largo de escuela. Vuelta a casa. ¿Hambre? Si, mucha hambre. Abría con ansias la puerta de chapa de su casa. Tiraba la mochila por ahí. La silla de ruedas. Su hermano. ¿Qué era lo que tenía?. No me acuerdo. Lo que sí sabía era que babeaba, y que no podía hablar, y que se entretenía con cosas muy chiquitas, y se reía por todo. Sí, sí, por todo se reía. Y a veces se enojaba, ¡y ahí agarrate! Porque empezaba a gritar y mamá no lo podía calmar con nada…pero me encantaba llegar y abrazarlo, y sentir su cabeza calentita junto a mi cara. Él se quería despegar de mí…pero yo sabía que me quería. Porque cuando veíamos los partidos juntos los domingos, y gritaba los goles dando vueltas alrededor de su sillita, él se reía. ¡y cómo se reía! Ahí tampoco lo podía calmar mamá. Después de que se fue, no volvió a ser la misma. No sé qué le pasó. Siempre está como cansada…no sé….

Sin darse cuenta había llegado.

Cruzó el portón de rejas del club y se encaminó lentamente a la cancha que estaba tirada ahí, en el fondo del terreno, con la cara apretada de miedo, como si se dirigiera a la horca. Ahí estaba Queco, el entrenador, recibiendo a todos los chicos. Buen tipo Queco. Siempre andaba con la chomba metida adentro del pantalón de joggin. Los pelos enrulados y canosos asomaban por debajo de su gorra. La piel arrugada en la parte de los codos y los pelos excesivos en su antebrazo le daban como un aire de confianza. Lo recibió un poco serio, pero sin enojo. Apoyó su mano pesada en el hombro de Juampi y dejando largar un suspiro le dijo -dale, ponete a calentar.

Saludó a sus compañeros y se puso a trotar por el borde del lateral, yendo y viniendo, hasta que el silbato de Queco los reunió en círculo alrededor de él. Dio un par de consideraciones tácticas y los despidió con un bombardeo de aplausos fuertes, huecos. El árbitro llamó para hacer el sorteo. Ahí pensó que se desmayaba en el pasto-tierra de la cancha, pero pudo con él, y comenzó a correr para ubicarse en su lugar. Era demasiada la presión.

El olor a hierba del terreno se le mezcló en la nariz con el olor a revoque húmedo de su casa. La tierra del contrapiso que producía una sensación de aspereza al caminar. El mate cocido con leche, el pan con manteca. Los puños apretados de su hermano y los gritos que daba cuando no quería comer la comida que su madre le acercaba con la cuchara. Él, mostrando por detrás de su madre el pan masticado adentro de su boca, para que su hermano se riera, se ponga contento y coma algo. Su madre volteando la cabeza y retándolo, con una resignación solemne. El pitido del árbitro lo trajo de nuevo a la cancha y la pelota se puso en movimiento, sacaban los otros.

No podía pensar en otra cosa más que en esa maldita promesa, ese gancho que se había puesto él mismo, sin que nadie lo obligue. No escuchaba nada con claridad. Todo era un zumbido que le aplastaba la cabeza y le presionaba fuertemente las sienes. El partido transcurría, trabado, despertando de a poco la impotencia y la irritabilidad. No encontraba el momento. Lo buscaba pero no lo encontraba. Todo era un toqueteo interminable entre las dos áreas. Pero la situación comenzó a cambiar de un momento a otro. Hizo un toque para atrás, a Pedrito, el cinco inamovible y valioso que tenían. Pedrito la paró, levanto la cabeza y le dio un pase en profundidad a Ariel que venía embaladísimo por izquierda. Ahí, de a poquito, empezó a vislumbrar el fuego de la esperanza y sintió como el arco contrario lo tironeaba hacia él. Comenzó a correr desesperado. Algo le decía que de ésta no zafaban ni locos.

De pronto un bombazo de Ariel desde lejos. El latigazo de la pelota en los guantes del arquero de ellos y su errático rebote en la tierra del área la fue llevando a sus pies. Sintió como el estómago se le escapaba por la garganta. Se llenó la derecha, y la empujó con el empeine, de sobre pique, mandándola como un balazo. Se fue elevando de a poco, soberbia, rápida, decidida. Nada que hacer para el arquero. El tiempo iba más lento. Cada milésima de segundo encerraba millones de movimientos y gritos humanos. El cuero raspó con suavidad la red y todo comenzó a fluir más rápidamente. No lo podía creer, había cumplido. La deuda estaba saldada. Sintió una alegría inmensa. Una alegría que le estranguló la garganta y le humedeció los ojos. Esa ambigüedad que tienen los sentimientos más intensos y sinceros.

Comenzó la carrera para el lateral de la cancha, con una respiración agitada, que abría lentamente la compuerta a las aguas del llanto. Un llanto de tristeza y felicidad. Sentía cómo la sangre y el sol calentaban su cara. Se dejó caer de rodillas, levantó la cabeza al cielo, y con los puños apretados, dejó escapar, casi como un rugido, un grito de gol ronco, desgarrado. Sus lágrimas mojaron toda su cara, en medio del abrazo de sus compañeros. El gol era para él, que estaba allá arriba. Lo gritó fuerte, como cuando daba vueltas alrededor de su silla, para que lo escuche y se riera con esa risa incontenible e imparable. Porque sabía que los domingos sin futbol en el cielo debían ser aburridos, y porque la razón de su vida era que su hermano se riera sin parar. Total, confiaba en que Dios lo iba a calmar un poco...

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