Un patio que se fue

Cultura 18/10/2020 Por Primera Info
UN CUENTO DE JOSE MANUEL FERNANDEZ.
CUENTO

Ni bien la pava comenzó a pitar giró la perilla de la hornalla con un movimiento suave. Era esa hora en que el sol raspaba el cielo de febrero, abriendo heridas anaranjadas con sus brazos. Se sentía relajado y fresco por el baño que había tomado hacía un rato. El aroma de la colonia se elevaba en vapores húmedos, dilatando las aletas de su nariz.

Miró plácidamente a Esther a través de la ventana de la cocina. La observaba cómo cargaba con gesto indiferente el último balde de agua destinado a las plantas del jardín. Sintonizó un poco mejor la radio y echó un poco de yerba al mate

--¿Y, viejo? Dale que ya terminé acá--. Miró de reojo a su esposa con un gesto de fastidio benévolo, mientras mojaba con un poco de agua fría la yerba. --Ya va vieja, ya va--. Levantó la pava y empezó a cebar suavemente. Tomo el primero, lo escupió. Se sintió el chicotazo del agua-baba verde en la pileta de chapa. Ahhh, qué cansancio, por favor-, oyó de lejos el suspiro de su mujer mientras escuchaba el crujido de la reposera en la galería. Agarró la pava y el mate, y salió.

Al traspasar la puerta fue recibido por la brisa fresca de la tarde y por la mirada cálida de Esther. --Vení, sentate-- le dijo dulcemente mientras apoyaba su mano arrugada en la silla que tenía a su lado. El se acercó y sin soltar nada de lo que tenía en ambas manos, se dejó caer con obscena pesadez sobre el sillón de mimbre. Exhaló un suspiro de cansancio mientras le alargaba el primer mate caliente y espumoso a su mujer, a la vez que depositaba pacientemente la pava sobre el piso. Ella lo recibió con un gesto delicado, y sosteniéndolo luego con ambas manos, llevó la bombilla a su boca.

Hubo un silencio y la radio se coló como una serpiente con una melodía: “Nostalgia de las cosas que han pasado…arena….que la vida se llevó”, cantaba Rivero ahí atrás, cuando fue interrumpido por la voz de ella --riquísimo viejo--. Con ambos codos en el apoyabrazos del sillón, las manos entrelazadas y la mirada hambrienta en el cielo, recordaba cuánto le gustaba Homero Manzi y cuánto lo entristecía a su vez. Amores truncos, muerte llena de juventud, amigos perdidos…todo se le revolvía adentro de la cabeza con un ruido sordo y lejano, que se perdía en la paz de la tarde y en el principio del ocaso. Recibió el mate que ella le devolvía, levantó la pava del piso y se cebó uno para él. Al primer trago sintió el gusto amargo y voluminoso de la yerba, siguiendo el recorrido que la infusión caliente que se deslizaba dentro de su cuerpo.

Cuando los recuerdos son cercanos actúan como un oleaje que lo golpea a uno y que sacude las más remotas partes de nuestro ser. Es ese momento en que podemos palparlos y podemos darnos el lujo de revivirlos y sentir nuevamente. Pero luego viene la etapa del alejamiento, y hasta esos recuerdos más pertinaces se nos representan lejanos y opacados. Ahí es cuando nuestro intelecto puede jugar con ellos y representarlos de las formas más creativas posibles. Aquí es cuando brota la paz de la contemplación.

CUENTO2

Era el tiempo de callar y observar. El lo sabía, y ella también. Alargó el segundo mate sin mirar, y sintió cómo se lo despegaban de su mano. El silencio se estaba tornando tan profundo que comenzó a ensordecerlo. El sonido de la radio ya no estaba. La paz iba transformándose en latencia, y la oscuridad comenzaba a abrirse paso. Empezó a sentir un nudo en la garganta y una incomodidad que lo petrificó. Le quiso hablar a su mujer pero ella ya no estaba. En su lugar encontró una reposera oxidada por el paso del tiempo, dejando ver que nadie se sentó allí en años.

De golpe un estruendo que le hizo dar un salto en el sillón. La canaleta del techo de la galería se había desprendido de una punta, abollándose contra el suelo. Miró para el otro lado…la casa estaba vacía, oscura, totalmente abandonada. Volvió la mirada al parque y vio el cuerpo de un hombre, tirado, boca abajo, con unas tijeras de podar en la mano. Se levantó del sillón y se dirigió hacia allí. A su paso iba creciendo el pasto con una velocidad incomprensible. Al llegar al lugar se encontró con el cuerpo de un anciano, amoratado por la sangre inútil que se había afincado debajo de su piel. La camisa escocesa que llevaba puesta mostraba su rendición incondicional frente a la tierra que lo castigaba con su mugre. Lo volteó a un costado y se vio a él mismo tirado ahí entre los espigones, sin vida. De pronto el cuerpo se esfumó como un espejismo.

Un tiempo le llevó recordar que a su espíritu picarón le gustaba escaparse un rato del cielo de “allá” para venir al cielo de “acá”. Ese cielo que es el más terrenal que existe, donde se atesoran los momentos más hermosos y más eternos de la vida. Recordó que este era uno de ellos, la hora del mate, el matecito de las siete, sentado junto a su mujer en la galería de su casa, contemplando la paz de la tarde y respirando el perfume fresco de la lavanda del cantero.

Comprendió que la hora del mate ya había pasado, y que debía volver. Comprendió también que tenía que resignarse y emprender el viaje de regreso hacia al cielo de “allá”, por cierto, el cielo más convencional de todos.

 

 

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