Pequeños sacrificios

Cultura local 01/11/2020 Por Primera Info
Un cuento de José Manuel Fernández.
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Enrolló lentamente las hojas de tabaco húmedo en el papel. Sabía que iba a costar prenderlo pero el frío lo motivó a seguir. Necesitaba algo con qué calentarse. Cortó una de las puntas con los dientes y escupió un par de hojas que le quedaron pegadas a la lengua. Se incorporó a medias sobre uno de sus brazos y acercó el cigarro a una brasa moribunda. Dio una pitada y se dejó caer nuevamente contra la pared, largando el humo con el suspiro de ese último esfuerzo.

Sus articulaciones estaban destrozadas. La caminata por la estepa rusa no era una empresa fácil. Pero lo que más lo desmoronó no fue el éxodo interminable en la nieve, sino la ausencia del enfrentamiento que lo dejó sin la recompensa de la adrenalina. El enemigo había decidido irse dejando como anfitriona del lugar a la impotencia más absoluta. Los días pasaron y las raciones de comida también. La Grande Armee estaba abandonada en los confines helados del mundo, de la manera más absurda y patética. En su ambición, el imperio napoleónico había caído en el pozo de las tierras zaristas, así como las aguas que drenan desde lo alto hacia algún estanque mueren allí, sin ninguna posibilidad de retorno.

La noche era cruda y fría, y las últimas brasas del suelo amenazaban con abandonarlo a él y a sus camaradas, abriendo paso a la oscuridad más absoluta. La casa en donde se refugiaban estaba completamente abandonada y destruida, siendo totalmente impotente frente a los caprichos del invierno. Dio una segunda pitada, brillando como una luciérnaga el cigarro en la oscuridad. Echó la cabeza para atrás y largó el humo. La pistola que estaba junto a él se resistía a morir en la penumbra, mostrando con un tenue brillo el fileteado labrado en las partes de metal. Sus compañeros se entregaban al sueño o a la muerte, según lo que les tocara en suerte esa noche. Sabía que estaba viejo. Y también sabía que los esplendores de su pasado se perdían en la lejanía, opacados aún más por la mezquindad que surge en las situaciones límites, y que atenta contra toda presunción de prestigio. La latencia se palpaba en el aire, confundiéndose con la humedad de la noche, y la angustia que le provocaba su cobardía, le producía pinchazos en la espalda. Después de todo no era más que un soldado viejo en un ejército anárquico y desmoralizado por el hambre.

Le dio una pitada más al cigarro y dejó caer el humo en una catarata espesa, que luego se esfumó en el aire. Volvió a sentir, casi como si lo estuviera viviendo de nuevo, el crujido de la nieve bajo sus pies. Recordó, sin quererlo, la caminata de hacía un par de días atrás. El viento blanco y helado como una lluvia de puñaladas en su cara. El ejército roto y desmembrado por la tormenta de nieve, que pudo más que la voluntad. De pronto un rastro de sangre, espesa, negra. De nuevo el crujido bajo sus pies. Su caminata errante. El rastro de sangre abriendo paso a un bulto moribundo, lleno de baba en su boca, jadeante. Un muchacho, un pobre muchacho. La mano crispada aferrándose a sus botas, un grito ahogado. Los ojos vidriosos y suplicantes. Tendría que cargarlo, llevarlo a cuestas conmigo. No podía, no sobrevivirían ninguno de los dos. Supervivencia. Qué irónico. En ese momento me moría por vivir. Siguió avanzando, justificando como podía su cobardía, con el mentón tembloroso por la angustia y con la espalda cargada por los gritos del que quedó. Una carga en la conciencia….

Sintió vergüenza. Vergüenza de vivir.

Miró tristemente, de reojo, su sable apoyado en la pared. Le pareció que estaba bien ahí.

Tomó la pistola y, amigándose con la noche, caminó lejos, bien lejos, con la intención de que el disparo no despierte a los muchachos.

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